Rojo, amarillo, rosa y verde: cómo se llama el arco iris en los distintos idiomas

Las palabras de colores varían mucho en todo el mundo. La mayoría de los idiomas tienen entre dos y once palabras de colores básicos. ¿Esto limita la visión? No!

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Llama la atención que el nombre de los colores en inglés provengan de diversas fuentes. Algunos de los más exóticos, como "bermellón" y "chartreuse", se tomaron del francés, y llevan el nombre del color de un producto en particular (de un tipo de mercurio y de un licor, respectivamente). Pero originariamente, incluso las palabras «negro» y «blanco» no designaban colores. «Negro» proviene de una palabra que significa «quemado», y «blanco» de otra que significa «brillar».

El nombre de los colores varía mucho en todo el mundo. La mayoría de los idiomas tienen entre dos y once nombres de colores básicos. El inglés, por ejemplo, tiene el conjunto completo de los once nombres de los colores básicos: negro, blanco, rojo, verde, amarillo, azul, rosa, gris, marrón, naranja y púrpura. En una encuesta realizada (en inglés) en 1999 por los lingüistas Paul Kay y Luisa Maffi, los idiomas se distribuyeron de forma más o menos equitativa entre las categorías básicas de color que monitorizaron.

En idiomas con menos términos que este, como el yupik de Alaska con sus cinco términos, el rango de una palabra se expande. Por ejemplo, para los idiomas que no cuentan con una palabra separada para definir «naranja», los tonos que llamaríamos «naranja» en inglés podrían ser del mismo color que el que los hablantes de inglés denominan «rojo» o «amarillo». Podemos pensar en estos términos como un sistema que cubre el espectro visible, pero en el que los términos individuales se centran en varias partes de ese espectro.

¿Significa eso que los hablantes de idiomas con menos términos para designar colores ven menos colores? No, al igual que los anglófonos diferencian entre el «azul» del cielo y el «azul» de un M&M. Además, si las palabras de una lengua limitasen nuestra percepción del color, éstas no podrían cambiar; los hablantes no podrían agregar nuevas distinciones.

Mi colega Hannah Haynie y yo estábamos interesados en cómo los nombres de los colores podrían cambiar con el tiempo y, en particular, en cómo éstos podrían cambiar como sistema. Es decir, ¿las palabras cambian de forma independiente o el cambio en una palabra provoca un cambio en las demás? En nuestra investigación (en inglés), recientemente publicada en la revista PNAS, utilizamos una técnica de modelado por computadora, más común en biología que en lingüística, para investigar patrones típicos y tasas de cambio de los términos para los colores. Al contrario de las suposiciones anteriores, nuestro descubrimiento sugiere que los nombres de los colores no son únicos en la forma en que evolucionan en una lengua.

Ponemos en cuestión concepciones comunes sobre los colores.

Trabajos previos (realizados por los lingüistas antropológicos Brent Berlin y Paul Kay sugieren que el orden en que se agregan los nombres de los colores a un idioma es en gran parte fijo. Los hablantes comienzan con dos términos: uno que cubre el «negro» y los tonos oscuros y el otro que cubre el «blanco» y los tonos claros. Muchos idiomas cuentan con solo dos nombres de colores, pero en todos los casos, uno está centrado en el «negro» y el otro en el «blanco».

Cuando un idioma tiene tres nombres, el tercero casi siempre está centrado en tonos que los anglófonos llamarían «rojo». No hay idiomas con tres nombres de colores en el que los colores sean negro, blanco y verde claro, por ejemplo. Si un idioma tiene cuatro nombres de colores, serán el negro, el blanco, el rojo y el amarillo o el verde. En la siguiente etapa, tanto el amarillo como el verde están presentes, mientras que los siguientes nombres de colores que se agregarán serán el azul y el marrón (en este orden). Científicos cognitivos y lingüistas como Terry Regier (en inglés) argumentan que estas partes concretas del espectro de color son más perceptibles para las personas.

Berlin y Kay también plantearon la hipótesis de que los hablantes de cualquier idioma no pierden los nombres de los colores. Por ejemplo, si un idioma distinguiese entre tonos «rojos» (como la sangre) y «amarillos» (como los plátanos), no eliminarían la distinción y volverían a llamarlos a todos por el mismo nombre.

Esto haría que los nombres de los colores fuesen muy diferentes de otras áreas que tienen que ver con la evolución de la lengua, en la que las palabras van y vienen. Por ejemplo, las palabras pueden cambiar de significado (en inglés) si se usan metafóricamente, pero con el tiempo el significado metafórico se vuelve normal. Pueden ampliar o limitar el significado; por ejemplo, starve en inglés significaba (generalmente) «morir», no «morir de hambre», como ahora. Starve también ha adquirido significados metafóricos.

La estabilidad de los conceptos del color es única es una suposición que queríamos investigar. También nos interesaban los patrones de los nombres de los colores y de dónde vienen esos términos. Además, queríamos ver las tasas de cambio, es decir, cuando se agregan nombres de colores, ¿los hablantes tienden a agregar muchos? o ¿son las adiciones más independientes, y los nombres de colores se agregan uno a uno?

 

 

El modelado del crecimiento de un árbol lingüístico.

Probamos estas ideas con nombres de colores en lenguas aborígenes australianas. Trabajamos con lenguas australianas (en lugar de europeas u otras) por varias razones. Las demarcaciones de color varían en las lenguas indoeuropeas, pero el número de colores en cada lengua es bastante similar; los rangos difieren pero el número de colores no varía mucho. El ruso tiene dos nombres que cubren los tonos que los anglófonos llaman «azul», pero las lenguas indoeuropeas tienen muchos nombres.

En contraste, los idiomas australianos son mucho más variables, desde sistemas como el del darkinyung, con solo dos términos (minería para «negro» y barag para «blanco»), a idiomas como el kaytetye, donde hay al menos ocho colores, o el bidyara con seis. Esa variación nos dio más puntos de información. Además, simplemente hay muchos idiomas en Australia: de los más de 400 que se hablaban en el momento del asentamiento europeo, contamos con datos de color para 189 idiomas de la familia pama-ñungano, de la base de datos Chirila (en inglés) de las lenguas australianas.

Para responder a estas preguntas, utilizamos técnicas desarrolladas originalmente en biología. Los métodos filogenéticos usan ordenadores para estudiar el pasado remoto. En resumen, utilizamos la teoría de la probabilidad, combinada con un árbol familiar de idiomas, para realizar un modelo de lo que podía haber sido la historia de los nombres de los colores.

Primero, construimos un árbol que muestra cómo se relacionan los idiomas entre sí. Todas las lenguas contemporáneas pama-ñunganas descienden de una única lengua antepasada. Durante 6 000 años, el proto-pama-ñungan se dividió en diferentes dialectos, que se convirtieron en diferentes idiomas: alrededor de 300 de ellos en el momento del asentamiento europeo en Australia. Los lingüistas suelen mostrar esas divisiones en un diagrama de árbol genealógico.

Después, construimos un modelo para ese árbol de cómo se ganan o pierden las diferentes características (en este caso, los nombres de los colores) y con qué rapidez pueden cambiar dichas características. Este es un problema complicado; estimamos las posibles reconstrucciones, evaluamos el modelo para ver si se ajustaba bien a nuestras hipótesis, modificamos un poco los parámetros del modelo para producir un conjunto diferente de resultados, puntuamos ese modelo, y así sucesivamente. Repetimos este proceso muchas veces (por lo general, millones de veces) y luego tomamos una muestra aleatoria de nuestras estimaciones. Este método se debe originalmente a los biólogos evolutivos Mark Pagel y Andrew Meade (en inglés).

Según sus estimaciones, son muy uniformes (como los términos de reconstrucción para «negro», «blanco» y «rojo») y se trata de buenas reconstrucciones. Otras formas se reconstruyeron uniformemente como ausentes (por ejemplo, «azul» en muchas partes del árbol). Un tercer conjunto de formas era más variable, como «amarillo» y «verde» en algunas partes del árbol. En ese caso, tenemos algunas pruebas de que estaban presentes, pero no está claro.

Nuestros resultados sustentaron algunos de los resultados anteriores, pero cuestionaron otros. En general, nuestros hallazgos sustentaron las ideas de Berlin y Kay sobre la adición secuencial de términos, en el orden que propusieron. Por lo general, la información sobre los colores de las lenguas australianas también muestran patrones de denominación de los nombres de los colores que se propusieron en otros lugares del planeta; si existen tres nombres de colores, serán el negro, el blanco y el rojo (no, por ejemplo, el negro, el blanco y el morado). Sin embargo, mostramos que es muy probable que las lenguas australianas hayan perdido nombres de colores, aunque también los hayan ganado. Esto contradice 40 años de suposiciones sobre cómo cambian los nombres de los colores, y hace que los nombres de los colores se parezcan más a cualquier otra palabra.

También examinamos de dónde venían los nombres de los colores. Algunos eran de los más antiguos de la familia y parecía que siempre habían sido nombres de colores. Otros se asociaban al medioambiente (como tyimpa para «negro» en yandruwandha (relacionado con un término que significa «cenizas» en otros idiomas) o a otros nombres de colores (como yolŋu miku en vez de «rojo», y que a veces solo significa «coloreado»). Así que las lenguas australianas muestran fuentes similares de los nombres de los colores a el resto de las lenguas del mundo: los nombres de los colores cambian cuando se establecen analogías con objetos del entorno.

Nuestra investigación muestra el potencial del uso del cambio del lenguaje para estudiar áreas de la ciencia que han sido examinadas con anterioridad por ámbitos como la psicología. Los psicólogos y los psicolingüistas han descrito cómo las limitaciones de nuestra visión conducen a la denominación de áreas particulares del espectro del color. Demostramos que estas limitaciones se presentan tanto como pérdida o ganancia del nombre de un color. Al igual que es mucho más sencillo ver un camaleón en movimiento, la evolución lingüística hace posible ver el funcionamiento de las palabras.

Sobre la autora

Claire Bowern es profesora de lingüística en la universidad de Yale. Su doctorado de 2004 es de la universidad de Harvard, en el que examinó la morfología histórica de construcciones verbales complejas en una familia de lenguas (australianas) no pama-ñunganas. Su investigación se centra en las lenguas indígenas de Australia, y se interesa en la documentación, descripción y prehistoria del lenguaje. Esto incluye trabajo de campo en el norte de Australia con hablantes de lenguas en peligro de extinción, así como labores de archivo que arrojan luz en la historia lingüística de las lenguas pama-ñunganas. Junto a colaboradores de áreas como la lingüística, la antropología y la biología de la evolución compara características de lenguas de cazadores-recolectores en distintas áreas del mundo. Este artículo se publicó inicialmente en The Conversation (en inglés).

 

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